
Durante el pontificado de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los conservadores se mostraron claramente como un grupo con fuerte presencia. Estaban en todos lados, se hacían presentes en las audiencias públicas y privadas, en las comisiones y en el nombramiento de obispos.
Hoy en apenas un mes y medio, no parecen acabar de reponerse de su sorpresa. No han sido tratados con descortesía o con rudeza. Y sin embargo, los discursos y predicaciones del Papa Francisco, contienen un mensaje que parecen no entender o no querer hacerlo, o por lo menos, les resulta distante. Tanto como para mantenerse en silencio, a la distancia y al acecho.
Las acciones también ha dejado desconcertados a muchos, empezando por el encargado de las celebraciones litúrgicas.
Lo complicado no es que las voces conservadoras se hayan silenciado, sino que al no hablar muestran una postura más rígida. Es necesario que muestren su palabra, sus ideas más allá de las conversaciones discretas a las que están acostumbrados.
Con la elección del Papa Francisco, los conservadores pueden aprender a poner en la arena del debate sus propias posturas. Nada le haría un mejor servicio a la Iglesia que el diálogo ad intra.
Lo complicado no es que las voces conservadoras se hayan silenciado, sino que al no hablar muestran una postura más rígida. Es necesario que muestren su palabra, sus ideas más allá de las conversaciones discretas a las que están acostumbrados.
Con la elección del Papa Francisco, los conservadores pueden aprender a poner en la arena del debate sus propias posturas. Nada le haría un mejor servicio a la Iglesia que el diálogo ad intra.
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